El silencio en la inmensa propiedad de los Wellington era asfixiante, tanto que Cassandra sintió que las paredes de su propia habitación se cerraban sobre ella. Incapaz de soportar el peso de sus pensamientos a solas, tomó su teléfono y marcó el único número que le ofrecía un anclaje a la cordura. Le pidió a Samantha que fuera a verla de inmediato.
Media hora después, Samantha estaba sentada en el borde de la cama, escuchando en un silencio sepulcral. Cassandra, abrazando sus propias rodillas,