La noche fue un tormento interminable. Cassandra no logró conciliar el sueño ni un solo segundo. Tumbada en la oscuridad de su habitación, con la mirada clavada en el techo, sentía cómo cada minuto que pasaba se convertía en una losa sobre su pecho. Las lágrimas se habían agotado horas atrás, dejando tras de sí una sequedad dolorosa en los ojos y un vacío punzante en el estómago. El silencio de la casa era ensordecedor, roto únicamente por el eco de sus propios pensamientos, que repetían en buc