Javier sintió una punzada aguda en el pecho.
Retrocedió unos pasos, apenas logrando mantenerse en pie. Incluso su voz temblaba sin control:
—¿Qué… dijiste?
El patrullero miró con incomodidad el rostro pálido del Alfa, dudando si debía repetir sus palabras. Pero antes de decidirse, fue brutalmente empujado por una fuerza imparable.
Javier salió corriendo del cuarto médico sin mirar atrás, ignorando los chillidos histéricos de Elizabeth:
—¡Javier, ¿a dónde vas?!
No respondió. Corrió como un loco,