Javier vigilaba día y noche aquella mancha de sangre ya seca en el bosque, sin permitir que nadie se acercara.
Cuando el patrullero le informó por sexta vez que no había rastro ni de Zulema ni de los forasteros que la acompañaban, él solo permaneció agachado frente a la sangre, con los ojos enrojecidos, sin decir palabra alguna.
Elizabeth no pudo seguir mirando más. Ayudó a levantarse a María y la llevó hasta su lado.
—¡Javier, ¿cuánto tiempo más vas a quedarte aquí?! ¡María lleva en su vientre