Horas después, cuando la tarde caía y el cielo se teñía de tonos anaranjados, Allison entró con paso suave a la oficina de su padre. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, una blusa blanca impecable y una carpeta entre sus manos. Su rostro transmitía una dulzura calculada, una calma que no correspondía con lo que traía entre manos.
Alberto estaba sentado frente al escritorio, con el ceño fruncido y varios documentos apilados sobre la mesa. Apenas levantó la vista cuando ella entró.
—¿Q