La habitación de Leonardo estaba en silencio, solo interrumpida por el sonido constante de la lluvia golpeando los cristales. Alanna, de pie junto a la mesita, preparaba un plato de caldo caliente con movimientos precisos, aunque su rostro permanecía impasible. Leonardo, recostado en la cama, la observaba con incomodidad. No estaba acostumbrado a depender de nadie, y mucho menos de ella, pero el día anterior había decidido quitarse el saco para proteger a Alanna de la lluvia. El frío lo había e