El sol apenas asomaba entre las nubes cuando la señora Sinisterra se abotonó con cuidado el abrigo gris perla que tanto le gustaba a Alanna de niña. Salió con sigilo de la mansión, sin hacer el más mínimo ruido, procurando no despertar a Allison ni a ninguno de los empleados. Era sábado, y el silencio de la mañana era tan denso que cada paso sobre la gravilla parecía un susurro en medio de un templo. Caminó erguida, pero sus manos dentro de los bolsillos estaban tensas; le sudaban ligeramente l