Allison entró al baño a toda prisa, empujando la puerta con tal fuerza que estuvo a punto de rebotarle en la cara. El pasillo, impregnado de un olor ácido y penetrante, aún conservaba el rastro de su paso. Algunos empleados se miraban entre sí con desconcierto, pero nadie se atrevía a decir nada. No en voz alta.
—¡Maldita sea! —murmuró entre dientes, sintiendo un nuevo retortijón en el estómago.
Se metió en el primer cubículo disponible, tiró su bolso al suelo sin cuidado y apenas logró bajar l