La sala de juntas estaba vacía ahora. Solo quedaban las palabras que se habían dicho, flotando pesadas en el aire, como puñales suspendidos sobre sus cabezas.
Miguel se dejó caer sobre la silla de cuero con un suspiro amargo. Apoyó los codos en la mesa y se llevó las manos a la cabeza. El eco de la frase de Leonardo aún golpeaba su mente sin piedad:
“Poseo el 65% de esta empresa. El control ya es mío.”
—No puede ser… —murmuró Miguel, más para sí mismo que para su padre—. ¿Cómo… cómo dejamos que