La mañana en la mansión Sinisterra transcurría como siempre. El desayuno ya había comenzado cuando Alanna bajó las escaleras con su característico retraso. Apenas cruzó el umbral del comedor, sintió la mirada severa del señor Sinisterra sobre ella.
—Llegas tarde otra vez —espetó con su tono rígido, dejando su taza de café sobre la mesa—. Espero que, al menos, entiendas que aquí hay reglas.
Alanna tomó asiento sin inmutarse, sirviéndose un poco de té sin siquiera mirarlo.
—Tomo nota, señor Sinis