El ambiente en la torre ejecutiva de la empresa Sinisterra era denso esa mañana. Los pasillos, que usualmente vibraban con un ritmo marcado por el taconeo elegante de asistentes, el murmullo de conversaciones en oficinas cerradas y el aroma inconfundible del café recién preparado, parecían hoy envueltos en una tensión inusitada. Había algo en el aire. Una espera silenciosa, un eco contenido. Como si todos supieran, instintivamente, que algo estaba por suceder.
Allison Sinisterra, con su andar c