El jardín de la mansión Sinisterra estaba envuelto en una brisa helada que hacía temblar las hojas de los árboles. Alanna, sentada en una banca de piedra, se abrazaba a sí misma en un intento de mantener el frío a raya. El encuentro con Esteban la había dejado con un extraño sabor amargo. No sentía dolor, ni siquiera rabia. Solo vacío. Un vacío que parecía haberse instalado en su pecho desde hacía mucho tiempo, pero que ahora se hacía más palpable que nunca.
—Te vas a enfermar si sigues aquí.
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