Se arrodilló rápidamente a su lado, sus manos temblaban mientras le tocaba la cara.
—¡Mierda, Leonardo! ¡Te dije que no te movieras en ese estado! —su voz se quebró al verlo semiinconsciente, murmurando su nombre entre susurros.
—Alanna… no te vayas… —dijo él, apenas consciente.
Ella cerró los ojos, luchando contra el impulso de gritarle, de odiarlo. Pero en vez de eso, lo sostuvo con ambas manos, con lágrimas cayéndole por las mejillas.
—Eres un idiota, ¿sabes? —le murmuró—. Eres un completo i