El día en Nápoles estaba envuelto en una luz cálida y vibrante, como si el sol decidiera posarse suavemente sobre cada tejado, cada calle y cada rincón de la ciudad. El cielo, de un azul claro y sin una sola nube, parecía extenderse infinitamente sobre el golfo, donde el mar se mecían en tonos esmeralda y turquesa, reflejando la elegancia despreocupada del sur de Italia.
Las calles empedradas bullían de vida. Los vendedores ambulantes ofrecían frutas frescas con acentos melodiosos, los niños ju