El salón aún vibraba con el eco del escándalo. Nadie sabía muy bien qué hacer: unos fingían indiferencia, otros cuchicheaban sin disimulo. Pero todos, absolutamente todos, desviaban la mirada cuando Alanna pasó entre ellos, tomada firmemente de la mano de Leonardo.
La joven caminaba como una reina, su mentón elevado, su vestido de seda ondeando con cada paso. A su lado, Leonardo irradiaba un aura protectora y desafiante, como un caballero dispuesto a destruir a cualquiera que se atreviera a toc