Desde el otro extremo del salón, Leonardo caminó con su elegancia habitual. Iba sin caja, sin moño, sin carpeta. Solo con un sobre negro y su expresión seria, determinada. Todos se hicieron a un lado, como si algo en su porte anunciara que nadie debía interrumpirlo.
Se detuvo frente a Alanna, la miró a los ojos, y dijo en voz baja —pero lo suficientemente alta como para que varios oyeran—
—Este es mi regalo para ti. Espero que esté a la altura de lo que representas en mi vida.
Le entregó el sob