Justo cuando estaban a punto de firmar, dos voces rompieron el murmullo del salón:
—¡Mía! ¡No!
Ella se detuvo un instante, sin girar la cabeza. En lugar de eso, firmó con rapidez, casi sin pensarlo.
Cuando levantó la vista, sus ojos se cruzaron con los de Benito, que acababa de firmar también. Se miraron en silencio, como si las palabras sobraran, hasta que, finalmente, Mía apartó la mirada.
En ese momento, León, incapaz de contenerse, lanzó un puñetazo a uno de los guardias de la entrada.
—¡Les