Apenas Mía terminó de hablar, varios guardias se adelantaron y, sin darle tiempo a reaccionar, sujetaron a León y a Máximo para sacarlos a la fuerza.
Antes de que los arrastraran fuera, Benito dio una orden seca, sin titubeos:
—Llévenlos al avión. Y si no quieren regresar, que llamen a sus padres en Nueva York para que se encarguen de cuidarlos... Porque no les garantizo que la próxima vez que pisen Italia salgan enteros.
León, todavía sin creerlo, se debatía mientras gritaba:
—¿Mía, tú también