Elena tenía los ojos llenos de miedo y la cara pálida como un papel. Dijo con la voz temblorosa:
—¿No se suponía que si confesaba me iban a perdonar? ¿Por qué... todavía no me dejan en paz?
Con la mano todavía manchada de sangre, Máximo respondió:
—El que traiciona... lo paga en el infierno.
Luego dio la orden de que se la llevaran.
Sus gritos resonaron por el pasillo:
—¡No! ¿Por qué? ¿No siempre me han mimado? ¡No es justo!
Sin decir una palabra, Máximo ignoró por completo sus gritos. Se vendó