El teléfono de Hanny vibró sobre la mesa de noche como un insecto atrapado en una telaraña. La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas de su habitación en la mansión de los Rivas, dibujando sombras alargadas en las paredes. Llevaba horas despierta, mirando el techo, dando vueltas a sus planes. Sabía que tenía que actuar. Sabía que el tiempo se estaba acabando. Y sabía que necesitaba a Sebastián.
Marcó su número. El teléfono sonó una vez. Dos veces. Tres. El contestador.
—Sebastián, s