La puerta del penthouse se cerró detrás de ellos. El clic suave de la cerradura resonó en el silencio de la madrugada. La ciudad dormía afuera, pero adentro, dos corazones no podían descansar.
Mara caminó hacia su habitación. Se detuvo en la puerta. Lo miró.
—Buenas noches, Joaquín.
—Buenas noches, Mara.
Ella entró. Cerró la puerta. Se recostó contra la madera. Cerró los ojos.
El beso.
El maldito beso.
Lo sentía aún en los labios. El calor de su boca. La suavidad de sus manos en su cabello. La