La mansión Hidalgo brillaba esa noche con un esplendor que pocas veces se había visto. Las luces de los candelabros de cristal se reflejaban en los pisos de mármol pulido, creando un resplandor cálido que envolvía a los invitados como un abrazo de lujo. La orquesta, ubicada en un balcón de madera tallada, tocaba melodías clásicas que flotaban en el aire como susurros de seda. Los pianistas, vestidos de frac, movían sus dedos sobre las teclas con una precisión que hipnotizaba a los presentes. El