La mansión Hidalgo estaba en un bullicio constante, como un enjambre de abejas que se preparaban para un gran evento. Los sirvientes iban y venían con flores, manteles y vajillas de porcelana, creando un caos organizado que llenaba cada rincón de la casa. El sonido de los pasos apresurados, el tintineo de la vajilla y los susurros de los sirvientes se mezclaban en una sinfonía de actividad frenética. Las luces de los candelabros brillaban bajo la luz de la tarde, reflejándose en los pisos de má