66.

El viento me despeinaba el cabello, pero yo enterré mi cara en el suave pelaje del lobo de Valentín. Aspiré su aroma: era particular, áspero, olía a frutas, como si el hombre pasara horas de su tiempo preocupándose por tener un pelaje brillante y perfecto. Pero yo sabía que no era así, yo sabía que en el fondo no me importaba el peculiar aroma de su lobo. Lo único que me importaba en ese momento era lo que había acabado de suceder, y no podía dejar de sentirme sucia, una asesina.

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