58.
Lo había matado.
Había matado a un hombre.
Podía verlo ahí en el suelo, con los ojos abiertos clavados en los míos, juzgándome. Su alma ya había escapado de su cuerpo, pero su cuerpo inmóvil, que comenzaba a enfriarse porque ya no tenía un corazón, me observaba. Me juzgaba. Yo sabía que era lo que hacía.
Lancé un grito de terror, apretando con fuerza mis puños. La fuerza del hielo en mi pecho se concentró aún más, pero ya no quería dejarla escapar. Seguramente mataría a alguien más.
No fue como