Regina soñó con su esposo.
No como lo recordaba en los retratos de la mansión ni como lo mencionaban los socios que todavía pronunciaban su nombre con respeto, sino como había sido en los últimos años de vida: cansado y con esa mirada capaz de hacerla sentir que solo estaba con ella por obligación.
Estaba de pie frente a ella, en el centro del salón principal, mientras la mansión parecía vacía a su alrededor.
—Lo destruiste —dijo él.
Regina levantó el mentón.
—Yo mantuve esta familia de pie.
—N