Adrián despertó antes que Victoria y permaneció inmóvil, aferrado a la calma de tenerla a su lado. Ella dormía, con el rostro sereno y el cabello sobre la mejilla, y él la miró con una devoción que antes su orgullo jamás le habría permitido admitir.
No era la belleza impecable de las galas ni la esposa correcta que tuvo frente a él sin verla de verdad; era algo más hondo, la belleza de una mujer que había sufrido demasiado y aun así seguía allí, respirando junto a él, concediéndole un lugar que