Regina esperó a que Clara llegara, pero los minutos pasaron y el silencio de la habitación pronto se convirtió en una respuesta.
La irritación se acomodó en su rostro con una serenidad peligrosa, porque no era impaciencia, sino confirmación. Una empleada inocente habría llegado nerviosa, quizá pálida o temblando, pero habría llegado; una culpable, en cambio, intentaría ganar tiempo.
Tomó el teléfono interno y marcó al área de servicio.
—¿Dónde está Clara?
La voz al otro lado titubeó.
—Señora, n