Adrián Montenegro regresó al corporativo como si nunca hubiera estado al borde de perderlo todo. El elevador privado se abrió en el último piso y el silencio cambió de forma. Los asistentes dejaron de murmurar, los directores que cruzaban el pasillo enderezaron la espalda y la recepción ejecutiva se tensó con esa mezcla de respeto y miedo que durante años había acompañado su nombre.
Adrián no saludó con familiaridad. No preguntó cómo habían estado. No ofreció explicaciones sobre su ausencia. Ca