Adrián cerró los ojos al escuchar la respuesta de Regina.
—No la dejes ir.
—No soy su carcelera.
—Victoria necesita un riñón.
—Lo sé, me acabo de enterar.
La calma de su madre lo irritó más que un grito.
—Entonces haz algo útil por una vez.
Regina guardó silencio unos segundos.
—Cuida cómo me hablas, Adrián.
—No tengo energía para respetar tu orgullo.
—Y yo no tengo intención de permitir que Fernanda convierta esto en otro espectáculo, pero tampoco puedo obligarla a donar un órgano.
Adrián apre