Victoria no entendió de inmediato dónde estaba.
Al principio creyó que soñaba, porque todo tenía esa textura extraña de las cosas que no obedecen del todo a la realidad. La luz era demasiado suave, los colores parecían lavados por el tiempo y las voces llegaban desde distintos lugares, como si alguien hubiera abierto varias puertas dentro de su memoria y todas hablaran al mismo tiempo.
Escuchó una risa infantil, luego vio un jardín.
No era Londres ni París. Tampoco la mansión Montenegro como la