Corrió hacia su coche y salió detrás de ella, pero Londres no era su ciudad, las calles se cerraban, el tráfico lo atrapaba y cada giro lo alejaba más de las luces que intentaba seguir. Golpeó el volante con la palma de la mano, desesperado, hasta que dejó de lado todo orgullo y marcó a los abuelos de Victoria. La voz del abuelo respondió con frialdad.
—¿Adrián?
—Victoria se desmayó. Una ambulancia se la llevó. Necesito saber a qué hospital pudieron llevarla.
Hubo un silencio pesado.
—¿Cómo sab