Cuando el avión familiar despegó con Regina y Fernanda rumbo a casa, Adrián permaneció varios minutos de pie en la pista, mirando cómo desaparecía entre las nubes hasta que ya no quedó nada que pudiera usar como excusa para seguir detenido.
Victoria no estaba. El mensaje que ella le había enviado seguía en su teléfono, clavado en la pantalla y en el pecho con la misma crueldad silenciosa.
“Yo también merezco ser feliz.”
Adrián cerró los ojos, pero no logró escapar de esas palabras. La había dej