Adrián permaneció sentado en la sala de interrogatorio con las manos unidas sobre la mesa, intentando conservar una calma que ya no sentía.
No era miedo exactamente.
Era una mezcla de rabia, impotencia y una conciencia tardía del tiempo que se le estaba escapando. Había pensado que dos horas serían suficientes para demostrarle a Victoria que podía elegirla sin mirar atrás, pero ahora estaba detenido por un crimen que no cometió, sin poder llamarla, sin poder explicarle nada y con la certeza de