Victoria no dijo nada al principio. Solo cerró los ojos y siguio aferrada a aquel hombre como si, al hacerlo, pudiera sostener todo lo que se había roto dentro de ella durante las últimas horas. No necesitó explicar por qué había llegado sin avisar, ni por qué llevaba el rostro cansado, ni por qué sus manos temblaban apenas contra la tela del abrigo de él.
Su abuelo materno tampoco preguntó de inmediato.
La rodeó con los brazos y la sostuvo con esa firmeza tranquila que Victoria recordaba desde