—No —la cortó él—. Se acabó. Durante años acepté que nuestra historia fuera contada por ustedes, por las familias, por lo que se suponía correcto, pero hoy voy a decirlo yo.
Fernanda lo miró como si temiera la respuesta, aunque en el fondo ya preparaba su siguiente gesto. Si él decía que nunca la había amado, ella podría llorar. Si decía que sí, Victoria perdería. Cualquier camino parecía útil, excepto la forma en que Adrián la miraba ahora, sin culpa suficiente para obedecer.
—Lo que nos unía