El silencio después de la pregunta de Fernanda fue más incómodo que cualquier explicación.
Victoria permaneció cerca de la puerta, con las manos juntas frente al bolso. No se movió. No habló. Solo miró a su hermana, que seguía recostada en la cama, débil, confundida, rodeada por todos como si cualquier palabra equivocada pudiera romper el momento.
—¿Por qué te dicen Montenegro? —repitió Fernanda con voz baja.
Isabel abrió la boca, pero no encontró qué decir. Ernesto bajó la mirada. Regina miró