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Durante los dos días siguientes al estallido de Julián, la mansión Harroway se sintió más grande y vacía que nunca. Ana se convirtió en un fantasma que recorría los pasillos en las horas muertas. Calculaba sus movimientos para que nadie viera su morado: bajaba a la cocina únicamente cuando escuchaba que las empleadas estaban ocupadas en el área de lavandería, cenaba a deshoras o pedía que le subieran algo ligero a su habitación bajo el pretexto de una migraña persistente que no cedía con analgésicos.

Luciano, acostumbrado a la presencia chispeante y a veces punzante de Ana, notó el vacío de inmediato. El silencio en las áreas comunes era denso. Cada noche, al bajar al comedor, se encontraba con un solo servicio puesto en la cabecera de la mesa de caoba, y eso lo llevó a preguntarse si había cometido un error con ella.

—¿Y la señorita Ana? ¿Sigue durmiendo? —preguntaba él, observando el plato vacío frente al suyo.

—Sigue indispuesta, señor Stanton. Dijo que la luz le molestaba por su m
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