Durante los dos días siguientes al estallido de Julián, la mansión Harroway se sintió más grande y vacía que nunca. Ana se convirtió en un fantasma que recorría los pasillos en las horas muertas. Calculaba sus movimientos para que nadie viera su morado: bajaba a la cocina únicamente cuando escuchaba que las empleadas estaban ocupadas en el área de lavandería, cenaba a deshoras o pedía que le subieran algo ligero a su habitación bajo el pretexto de una migraña persistente que no cedía con analgé