Julián entró en la mansión desquiciado como siempre lo fue. Ana, que lo había esperado con los nervios de punta, lo vio subir las escaleras con un paso errático que hacía crujir la madera. No dudó en seguirlo. Al abrir la puerta de la habitación de su hermano, el aire viciado la golpeó de frente: una mezcla asfixiante de alcohol barato, sudor rancio y encierro. Las cortinas estaban cerradas a cal y canto, bloqueando cualquier rastro de luz lunar.
El suelo era un campo de batalla de botellas vac