Julián entró en la mansión desquiciado como siempre lo fue. Ana, que lo había esperado con los nervios de punta, lo vio subir las escaleras con un paso errático que hacía crujir la madera. No dudó en seguirlo. Al abrir la puerta de la habitación de su hermano, el aire viciado la golpeó de frente: una mezcla asfixiante de alcohol barato, sudor rancio y encierro. Las cortinas estaban cerradas a cal y canto, bloqueando cualquier rastro de luz lunar.
El suelo era un campo de batalla de botellas vacías y ropa tirada.
Julián estaba sentado al borde de la cama, bebiendo directamente de una botella de whisky, con la mirada perdida en la penumbra. Acababa de llegar y todo lo que hacía era beber como demente.
—Lo que sea que esté pasando, Julián, cuéntame ahora mismo —rogó Ana, acercándose con cautela y esquivando los cristales en el suelo—. Somos nosotros dos contra el mundo, siempre ha sido así. Podemos solucionarlo si nos mantenemos unidos.
—Esto solo tiene una solución, Ana —gruñó él. Su vo