La cocina quedó sumida en un silencio sepulcral tras la confesión de Ana. Luciano no retiró la mano de inmediato. Sus dedos seguían rozando la piel inflamada, mientras sus ojos se fijaban en la marca de violencia con una fijeza gélida. Su voz había bajado una octava, adquiriendo un matiz peligroso que ella nunca había escuchado.
—Es algo sin importancia, Luciano. No vale la pena hablar de ello ahora. Solo fue un mal momento —respondió ella, intentando apartar el rostro, pero él no la soltó.
Luc