La madrugada envolvía la mansión Harroway con un silencio gélido, y el tintineo errático de los hielos contra el cristal del trago que una persona sostenía. Julián estaba desplomado en un sillón de la terraza, y una botella de whisky a medio vaciar descansaba a sus pies mientras su mirada se perdía en la oscuridad del jardín. La rabia contra Olivia, por haberlo abandonado para correr al lado de Dante, le quemaba la garganta más que el alcohol. Julian no comprendía cómo Dante aun después de tanto seguía ganando.
Ana, que no conciliaba el sueño tras su charla con Luciano, salió a la terraza y lo encontró en ese estado lamentable.
—¿Celebras una victoria o hundes las penas, hermanito? —Ella se cruzó de brazos, observando las sombras profundas bajo los ojos de su hermano—. Espero que no sean problemas de cama.
—No es tu problema, Ana. Vete a dormir y déjame en paz. —Julián ni siquiera se molestó en mirarla; su voz sonó pastosa, cargada de un odio que parecía dirigido al mundo entero.
—Som