Olivia irrumpió en la mansión como un tornado que arrasaba con todo. En el centro de la estancia, una escena dantesca la recibió: dos empleadas de confianza se afanaban sobre el suelo pulido, tratando de reanimar a Dante. Él apenas comenzaba a separar los párpados, para verlos, con su mirada vidriosa y perdida, y su piel lucía el tono cenizo del mármol abandonado a la intemperie.
—¡Dante! ¡Por Dios, ¿qué pasó?! —exclamó OLivia, lanzándose al suelo con las manos en su pecho y buscando sus latidos en el cuello. Fingió un temblor en las manos mientras le acunaba el rostro, aunque sus dedos permanecían fríos y calculadores—. ¡Llamen a una ambulancia, hay que llevarlo al hospital ahora mismo!
Dante estaba en un limbo entre la vida y la muerte. Podía escuchar todo a su alrededor, pero no podía hablar o abrir los ojos. El veneno había tomado partes de su cuerpo que pensó que no existían y las había destrozado. Silencioso y sigiloso el veneno estaba logrando lo que Julian tanto quería: matarl