Olivia irrumpió en la mansión como un tornado que arrasaba con todo. En el centro de la estancia, una escena dantesca la recibió: dos empleadas de confianza se afanaban sobre el suelo pulido, tratando de reanimar a Dante. Él apenas comenzaba a separar los párpados, para verlos, con su mirada vidriosa y perdida, y su piel lucía el tono cenizo del mármol abandonado a la intemperie.
—¡Dante! ¡Por Dios, ¿qué pasó?! —exclamó OLivia, lanzándose al suelo con las manos en su pecho y buscando sus latido