Karina entró en la mansión con el peso de la incertidumbre médica sobre sus hombros. Estaba preocupada por Dante, y eso era algo que no se saldría de su pecho ni de su cabeza, por más que lo intentara. El aroma a cera de muebles y flores frescas, que usualmente le brindaba paz, hoy le resultaba asfixiante.
Al cruzar el vestíbulo, el eco de una risa ligera y genuina la detuvo en seco. Provenía de la sala principal, donde la luz cálida de las lámparas creaba un santuario de intimidad. Allí, Lucia