Karina entró en la mansión con el peso de la incertidumbre médica sobre sus hombros. Estaba preocupada por Dante, y eso era algo que no se saldría de su pecho ni de su cabeza, por más que lo intentara. El aroma a cera de muebles y flores frescas, que usualmente le brindaba paz, hoy le resultaba asfixiante.
Al cruzar el vestíbulo, el eco de una risa ligera y genuina la detuvo en seco. Provenía de la sala principal, donde la luz cálida de las lámparas creaba un santuario de intimidad. Allí, Luciano y Ana compartían una mesa de café, rodeados de carpetas y planos.
Karina se acercó y los encontró. Lucían adorables, como una pareja de recién enamorados o dos viejos de un matrimonio de años. Carraspeó con fuerza, rompiendo la atmósfera de complicidad. Ana y Luciano la miraron, Ana bajó su taza y Luciano abrió grande los ojos. No había cometido nada malo, no era culpable, pero le sorprendió ver a Karina tan temprano en casa.
—¿Se puede saber qué es tan gracioso? —preguntó con un tono gélido,