Mientras los pasillos del hospital se saturaban con la tensión eléctrica entre Dante y Karina, la mansión Harroway mutó en un refugio inesperado. Luciano, agotado por la soledad crónica y el vacío que dejaban las constantes ausencias de su esposa, buscó refugio en la compañía de Ana. Lo que inició como un café por mera cortesía, evolucionó hacia una rutina de tardes compartidas en la biblioteca, entre el aroma a papel antiguo y madera de cedro, o cenas tranquilas en la terraza bajo el manto de las estrellas.
Sin la presión asfixiante de la seducción, Ana permitió que su guardia descendiera. Una tarde, mientras la lluvia golpeaba con fuerza rítmica los ventanales y el cielo se teñía de un gris plomizo, ella le confesó a Luciano un secreto que guardaba bajo llave: el abismo de no recordar a sus padres biológicos y la persistente sensación de ser una "invitada" perpetua en el linaje Harroway.
Ana observaba las gotas deslizarse por el cristal mientras sostenía una taza de té entre sus man