Mientras los pasillos del hospital se saturaban con la tensión eléctrica entre Dante y Karina, la mansión Harroway mutó en un refugio inesperado. Luciano, agotado por la soledad crónica y el vacío que dejaban las constantes ausencias de su esposa, buscó refugio en la compañía de Ana. Lo que inició como un café por mera cortesía, evolucionó hacia una rutina de tardes compartidas en la biblioteca, entre el aroma a papel antiguo y madera de cedro, o cenas tranquilas en la terraza bajo el manto de