Apenas se cerró la puerta tras la salida de Luciano, el mundo de Dante se transformó en un caleidoscopio borroso.
La adrenalina del enfrentamiento se disipó como humo, y dejó en su lugar una debilidad aplastante que le succionó la vida de los huesos hasta dejarlo seco. Sintió un sudor gélido que le empapaba la nuca, mientras el suelo de la oficina parecía inclinarse igual que la cubierta de un barco en plena tormenta. Intentó aferrarse al borde de la cama para no caerse, pero sus dedos, entumecidos y ajenos, no respondieron al mandato de su cerebro.
Su enfermera de turno entró unos minutos después, con su medicina. El grito de la mujer rasgó el silencio de la habitación al encontrarlo tendido en el piso, con el rostro de mármol y una respiración superficial que apenas movía su pecho.
—¡Señor Ashworth! ¡Llamen a la doctora Harroway, rápido! —La mujer sollozó presa del pánico mientras se arrodillaba a su lado.
Dante recuperó la conciencia por un fugaz instante mientras lo subían a la ca