La mansión Harroway se erigía sobre la colina como un gigante de piedra que observaba la ciudad con desdén.
El regreso de la familia no evocaba el cuento de hadas que la prensa rosa vendía en sus portadas. Bajo la última voluntad del abuelo, quien dictó que sus nietos compartieran el techo para garantizar una protección mutua, Karina y Luciano se instalaron en el ala este junto al pequeño Leo.
Sin embargo, la ausencia de la figura cálida y autoritaria del patriarca transformó la opulencia en un