La mansión Harroway se erigía sobre la colina como un gigante de piedra que observaba la ciudad con desdén.
El regreso de la familia no evocaba el cuento de hadas que la prensa rosa vendía en sus portadas. Bajo la última voluntad del abuelo, quien dictó que sus nietos compartieran el techo para garantizar una protección mutua, Karina y Luciano se instalaron en el ala este junto al pequeño Leo.
Sin embargo, la ausencia de la figura cálida y autoritaria del patriarca transformó la opulencia en un frío vacío. La casa ahora se percibía como un mausoleo de techos infinitos y ecos solitarios.
Karina recorría los pasillos de mármol mientras las sombras de su infancia danzaban en las esquinas, pero el aire olía a rancio, como a secretos guardados tras las cortinas de terciopelo y la inseguridad le oprimía el pecho. Se sentía como una extraña en su propio linaje, rodeada por la vigilancia silenciosa de Ana y Julian, quienes acechaban como aves de rapiña. En el instante en que se disponía a pro