La cabaña permanecía sumida en una penumbra espesa, apenas interrumpida por jirones de luz lunar que lograban filtrarse entre las ramas de los pinos. El viento del bosque golpeaba las paredes de madera con un lamento constante. Era el lugar favorito para los amantes, para que se sintieran más cerca el uno del otro.
Olivia llegó primero. Estaba enfurecida con Dante. Dante era una buena persona con extraños, y con ella era un maldito animal. El motor de su auto se apagó con un estertor metálico, pero ella no bajó de inmediato. Sus manos, blancas y rígidas, se aferraron al volante mientras observaba su reflejo en el retrovisor: el maquillaje se había corrido en surcos oscuros sobre sus mejillas.
Tenia que arreglarse para su chico. Julian siempre veía lo mejor de ella, y esperaba lo mejor para ella. No podía verla llorando por Dante, cuando lo primero que ella siempre le decía era que Dante no era tan importante para ella como para llorarle.
Cuando Julian entró poco después, la encontró