El murmullo de los accionistas se disolvió en el aire viciado de la sala de juntas mientras Karina ordenaba sus carpetas con movimientos precisos y mecánicos. Seguía dentro del lugar con Dante, y por momento los ojos se le iban hacia su ex esposo.
A través del ventanal, el cielo de la ciudad se teñía de un gris plomizo, anticipando una tormenta que parecía latir también dentro de aquellas paredes de cristal. Su mente, sin embargo, procesaba la realidad a una velocidad distinta.
En la clínica existían al menos diez especialistas con la trayectoria necesaria para encabezar un proyecto de tal magnitud. Que la junta hubiera insistido tanto en su contratación, sumado a la revelación de que Dante era el accionista mayoritario, no representaba una casualidad. Era una arquitectura perfecta. El destino no los había unido; Dante Ashworth había movido los hilos de la industria para atraerla de nuevo a su campo de gravedad.
Al salir al pasillo, el eco de sus tacones sobre el mármol blanco resonó