La noche posterior a la lectura del testamento se asentó sobre la mansión Harroway con un frío que calaba los huesos.
El viento gemía entre los aleros de la vieja estructura y sacudía los marcos de las ventanas como si el espíritu del abuelo intentara reclamar su morada. Julian, refugiado en la penumbra de su habitación, vertió una generosa dosis de brandy en una copa de cristal tallado. El líquido ámbar captó el escaso brillo de las velas justo antes de que la puerta se abriera sin previo aviso.
Ana irrumpió con un paso felino, envuelta en una bata de seda escarlata que contrastaba con la palidez de su rostro. Su expresión era una máscara de despecho y ambición pura.
—¿Qué quieres, Ana?
Ana era una mujer inteligente, que usaba esa inteligencia para el mal. Julian la conocía mejor que nadie, y ella no llegaba a esa habitación para decirle que lo quería o que se robaran el helado a medianoche como cuando eran niños. La última vez que entró fue para joderle la cabeza y lograr que le con