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Durante los días posteriores al entierro, Ana se transformó en una sombra ponzoñosa que acechaba cada paso de Luciano. Lo buscaba en la penumbra de los pasillos, lo interceptaba en el jardín marchito y aprovechaba cada segundo en que Karina se sumergía en los trámites de la herencia para lanzar sus redes y veneno. El ambiente en la mansión se volvió irrespirable, cargado de una humedad estancada y el eco de secretos que arañaban las paredes.

—No comprendo los motivos de tanta resistencia, Lucia
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