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Durante los días posteriores al entierro, Ana se transformó en una sombra ponzoñosa que acechaba cada paso de Luciano. Lo buscaba en la penumbra de los pasillos, lo interceptaba en el jardín marchito y aprovechaba cada segundo en que Karina se sumergía en los trámites de la herencia para lanzar sus redes y veneno. El ambiente en la mansión se volvió irrespirable, cargado de una humedad estancada y el eco de secretos que arañaban las paredes.

—No comprendo los motivos de tanta resistencia, Luciano —siseó la frase al acorralarlo una tarde en el despacho del abuelo. El aroma a madera vieja y libros polvorientos parecía intensificar el magnetismo malsano que ella intentaba proyectar—. Ella te niega lo que cualquier hombre con tu fuego vital requiere para sentirse vivo. Lo leo en tus ojos. Estás hambriento de una pasión que ella, con su moralismo de cristal no puede ofrecerte. Yo podría entregarte todo lo que ella te prohíbe, y mucho más.

Luciano estaba cansado del jueguito de Ana. No solo
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